viernes, 1 de junio de 2012

De antojos


Quiero relatarles una escena que hace parte de mi cotidianidad, y que despierta en mí, pasiones y antojos irresistibles a tal punto de obligarme a poner pausa a la película, levantarme de la silla, caminar hacia la cocina e ir a esculcar ansiosamente la nevera o la despensa con la esperanza de encontrar mi objeto de deseo –o en el mejor de los casos—hallar la versión que más se aproxime a él. Durante el transcurso de este proceso –que parece tardar horas— aumenta la ansiedad gustativa, producto de la estimulación a la que fue sometido mi cerebro al disfrutar inconscientemente de una película, no necesariamente catalogada como gastronómica.

¿Cómo no salir corriendo a calentar una olla con agua después de ver a los capos de Corleone relamerse con su plato de pasta con albóndigas el cual devoran de manera voraz y gustosa en El Padrino? ¿Cómo no acabarse la cuña de parmesano –a mordiscos pues no hay tiempo para cortas fetas— después de ver a Meg Ryan en Beso Francés, esparcir un sensual camembert que se derrite con elegancia sobre una baguette crocante? ¿O de qué manera no hurgar la alacena así sea para encontrarse con una maternal chocolatina Jet –o en el peor de los casos con una pastilla de chocolate—, después de ver a Juliette Binoche morder una jugosa trufa de chocolate amargo en Chocolat?

Créanme: Acudiré a cualquier recurso gastronómico con tal de quitarme el antojo, no sin antes preguntarme qué sucede en mi cuerpo –además de mi carácter goloso—. Más allá de entender que mi cerebro envía estímulos a mis glándulas salivales –las cuales despiertan el apetito— pienso que es una fijación gustativa el estar pendiente de lo que comen y toman en las películas, ya que también me sucede con los vinos. En Entre copas, por ejemplo, quiero disfrutar de un pinot noir californiano mientras converso con Maya; o en Un buen año, ayudar al tío Henry a catar el vino producido en su château en La Provenza. Más aún: disfrutar del maridaje de un brandy con bombones de chocolate con Anthony Queen y Keanu Reeves en Un paseo por las nubes.

Estoy segura de que quienes están terminando de leer esta columna ya están antojados de algún gustillo que aparece en las películas a bordo: ojalá su capricho se haga realidad cuando llegue el menú.







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